Cuando perdí la virginidad no perdí nada

Por Ramona González.

Su niña de 5 años estaba abierta de piernas, desnuda, con un espejo de aumento entre las manos, mirándose la vagina. Esa fue la imagen con la que mi mamá se estrelló una mañana normal de domingo. Me vio, hizo cara de espanto y luego cerró la puerta con fuerza para que yo me enterara de lo que había visto. Diez años después, copió con exactitud ese comportamiento, cuando abrió la puerta de mi cuarto y me encontró a solas besando a un marihuanero, porque mientras para ella era un drogadicto -lo era y lo sigue siendo- para mí era el más sexy, interesante, inteligente y seductoramente malo de todo el colegio.

Aunque…. sí que daba malos besos. Yo lo intentaba y lo intentaba por su fama de maloso, por su fama de atractivo, porque era la primera vez que un hombre me ratificaba. Buscaba placer en sus besos, pero el resultado siempre era un mar de babas inundándome los cachetes. Pero él era el experto, yo, en cambio, la nueva del colegio asustadiza, hija de su mamá y de nadie más. Por eso deseaba con locura que un hombre me dijera “linda” y que quisiera conmigo. Esa necesidad de la Ramona adolescente, la heredó esta Ramona que escribe: un comentario halagador de una amiga o de cualquier mujer, nunca va a llenar los vacíos que sí se llenan cuando el mismo comentario viene de un macho. Eso es lo que le hacen los papás a uno al dejar la casa y desaparecer.

Un día me fui con él a meterme un porro por primera vez. No me drogué ni por las esquinas, porque no sabía fumar. Él creyó que sí, ustedes ya saben que esa es mi técnica infalible para no sentirme culpable y, de paso, evitar que todos crean que soy una puta. Estábamos en una terraza. Dada mi traba aparente, empezó a tocarme. Metió los dedos adentro de mi faldita quinceañera y el idiota la rompió en una falta de cuidado propia de los imbéciles. Desde ahí, perdió su chance. Yo empecé a pensar en cómo llegar con la falda rota a mi casa, en que mi mamá ya estaba brava por mis salidas recurrentes y descubrí lo poco que me gustaba su manoseo. No sentía nada, nada de nada.

Yo buscaba en él lo que sentía al masturbarme. ¿No se suponía que así debía sentirse el sexo? Recordé, otra vez, a mi mamá y, cuando se piensa en la mamá durante el preámbulo, las cosas no salen bien. Recordé el día del espejo y su cara de espanto, recordé que ese día no me regañó y que no dijo palabra alguna. Pero recordé, también, que cuando empecé a masturbarme sí arremetió con todo su arsenal materno:

-Se va a ir tu ángel de la guarda cada vez que hagas eso. Papito Dios lo ve muy mal, qué cosa tan horrible - me dijo, y ahí me enteré de que restregarme contra la cama y sentir algo rico, se llamaba “masturbarse”. Y que eso era un acto sexual.

Entonces lo empecé a hacer a escondidas, con mucho miedo, por “dios” y el ángel de la guarda. Recordé todo eso ahí, al lado del punkero/mamerto, y pensé que ahora que estaba por primera vez “teniendo sexo”, no sentía nada, no era rico. “De pronto soy lesbiana”, me dije internamente. “O asexual”.

Me largué con la falda rota y su erección evidente a través del pantalón. Dejamos de salir un par de semanas después, luego de saber que no solo era malo en el sexo sino un mal tipo.

Ese sufrimiento amoroso adolescente me mandó derechito a un noviazgo con un tipo que no me gustaba, ni físicamente ni de ninguna manera. Se desvivía por mí, me trataba bonito y se vanagloriaba en su ego masculino al andar conmigo y ponerme de llavero. Yo necesitaba eso en ese momento: ser el llaverito de alguien, que me consintieran.

Con este novio antisexy sí dejé de ser virgen, como dos años después de cuadrados y creo que fue más importante para él que para mí. Lo que más me gustaba de mi sexualidad a su lado era pensar en mí. En lo hembra que me veía en ropa interior, en lo increíblemente deseable que podía llegar a ser. “Estaba buena”, según los estándares de lo que nos han enseñado y que, sí, son detestables, pero yo disfrutaba encajar. Estaba “objetivamente” buena en el mundo de Occidente y lo supe: a los 15 ya era una chiquita curvilínea y delgada con todo en sus justas proporciones y eso solo descubrí hasta que empecé a reconocerme en la sexualidad. Narcisismo puro y duro, porque del sexo lo que me gustaba era yo misma. Eso sí, él buscaba complacerme y mucho antes de “tirar”, yo ya había tenido más de mil orgasmos en su cuarto.

Así que cuando “perdí” la virginidad no perdí nada. No lo había hecho antes por un miedo particular a la penetración. Sigo pensando que es raro dejar entrar un elemento extraño al cuerpo. Es una expropiación, sin duda, sólo que ahora sé que es una expropiación placentera. No lo disfruté tanto, como otras cosas del sexo, al menos no esa primera vez. Pero estuvo bien, estuvo rico darle gusto y sentir todas las ganas que me tenía y que había venido acumulando durante mucho tiempo.

Me divirtió hacerlo feliz y aunque no hablamos -ya lo odié, ya me odió y ahora nos saludamos cordialmente- sé que todavía se siente orgulloso de haber sido “el primero”. Puro ego machista, que me da risa, porque, a nivel “amoroso-emocional-sexual”, esa primera vez ni siquiera está en el top 10 de polvos importantes o deliciosos en mi vida. Bueno, también es cierto que mi último “ex” se roba más de la mitad de los puestos del top y a los demás les queda difícil competir para entrar al listado. Aunque no imposible.

Nos vemos pronto por esta misma página.

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Por Ramona González.



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