Tengo una amiga que me odia

Por Ramona González.

Convertirse en aquello que los demás no quieren ser carcome las entrañas. Eso le pasa a Gabriela. Si algún día mi yo llegara a mutar en el de Gaby, entenderé que fracasé, que no fui, que fallé en mi propio intento. Pero la línea que me divide de Gabriela es tan delgada como la que separa mi estabilidad de la locura. Mi voluntad para el ejercicio de la quietud absoluta. Mi juventud de la vejez. Ser Gaby es muy fácil y por eso me aterra.

Gaby fue mamá a los 19, mientras estudiaba periodismo. Ahora tiene 35 y me lleva 14 años. La primera vez que nos vimos, en un encuentro de colegas, solo pudo hablarme de sus grandes a hazañas en la vida: “a tu edad, yo ya había viajado a Europa, ya tenía una hija y ya había sido amenazada por una investigación súper importante por la que me dieron un premio”. Me contó sobre su experiencia laboral; no escatimó en detalles para ensalzarse a sí misma.

Y yo, la observaba. Veía sus ojos aterrados. Aterrados por mi juventud y mi energía y mis ideas tontas, y, por eso mismo, distintas. La vi... y lo supe: “debe ser horrible ser ella”. Gaby, lo entendí luego, solo podía defenderse de sus propios miedos mostrándome sus triunfos, que no eran más que pequeñeces, las nimiedades de la vida que magnificamos para combatir la angustia que nos produce el sin sentido de estar aquí y ahora y nada más.

Gabriela y yo, con el tiempo, terminamos trabajando juntas para la misma empresa. Ya tenemos un año viéndonos a diario y no ha descansado, casi que un solo día, en sus esfuerzos por ridiculizarme. A veces lo hace frente a nuestros superiores, a veces frente a públicos más amplios. Casi siempre juega a burlarse de mi pinta. De mis faldas. Ya ha sugerido que no tengo escrúpulos porque llevo el pelo muy corto y cargo un tatuaje en la espalda.

En medio de su discurso, en el que siempre recuerda lo maravillosa que es y lo poca cosa que soy, también me explica con frecuencia la existencia de su hija: “hay viejas que abortan porque sí. Hay vida desde el momento de la concepción. Mi niña fue lo mejor que me pasó”, repite, cual lora, como intentando convencerse a sí misma. Es tan evidente su terror, su frustración consigo misma, que casi siempre habla de este tema cuando es viernes, me pregunta a dónde voy y yo menciono escuetamente mis planes nocturnos. Con eso le basta para empezar a hablar sin pausas de lo hermosa que le resulta la maternidad. Conozco mujeres para quienes la maternidad es felicidad pura. Para Gaby, evidentemente, no.

Siempre creí que sus frustraciones se manifestaban cada vez que aparecía alguien que le recordaba lo que pudo ser y no fue. Pero un día, a la oficina llegó un chico, de mi edad. Mucho más talentoso e intimidante que yo. Pero él, en cambio, no la intimidaba. Este sentimiento, ese sentimiento de ser lo que yo no quiero ser, con él no la carcomía. A él nunca le habló de sus méritos, tampoco intentó ridiculizarlo.

Ahí entendí que nos enseñaron a ser perversas entre nosotras. Ese “escáner” tan famoso que nos aplicamos unas a otras cuando nos cruzamos las miradas por la calle, no es otra cosa que el resultado de una educación pensada por hombres y para hombres. Estamos compitiendo todo el tiempo, para que nos vean, para que nos escojan. ¿Quiénes? Los hombres. Por eso Gaby me odia, pero no lo dice, porque decirlo sería un acto de valentía. Gaby me odia porque la enseñaron a compararse con mujeres. Así se mide, así determina qué tan buena es, qué tanto sabe, qué tanto sirve. Quien no se parezca a ella es una perra y quien se parezca, también, porque le quita espacio, le quita protagonismo.

Ahora somos “amigas”. Yo sé que me odia. Pero ¿qué importa? “Las mujeres” difícilmente podemos tener como amiga a alguien que nos quiera.

¿Conoce a alguna Gabriela?

¿Es usted Gabriela?

Cuénteme en @ramonaquegrita
Por Ramona González.



Disfruta tu sexualidad de forma sana, respetuosa, divertida y consensual.

Promovemos la igualdad y la libertad sexual.


Recibe descuentos y artículos escritos cada mes