Un día normal para una mujer de la capital

Por Nerea Rodriguez.

Eran las 5 de la mañana, me levante para empezar un nuevo día de trabajo. En mi despertador sonaban las noticias, los titulares: “Mujer es agredida con ácido”, “Mujer es violada”, “Mujer es agredida brutalmente por su esposo”. Con estos acontecimientos tan “alentadores” seguí mi día, cuando iba a desayunar recordé que a mi pareja se le había hecho tarde y aún no le había planchado su camisa, ni había hecho el desayuno. Intente acelerar mis acciones, pero cuando él llego a la cocina y vio que el desayuno no estaba listo y la camisa aún estaba arrugada, me dijo: “Es que no se puede contar contigo para nada”. (Que bonita forma de empezar el día), se despidió de mala manera y salió para su trabajo. Yo termine de arreglarme, me mire al espejo y tome energía para mi día laboral.

Todos los días a las 6:30 de la mañana tengo que ir a la estación de Transmilenio y hacer un recorrido de 45 minutos hasta mi oficina. Durante el camino sentí que alguien me tocó la cola, además, algunos hombres de camino a la estación me gritaron obscenidades, y para completar la fiesta, cuando iba llegando el tacón de mi zapato se rompió. Llegue a la oficina cojeando y recordé que tengo unos zapatos bajitos para cuando  el cansancio se apodera de mí, me los puse y en ese momento llegó mi jefe para recordarme muy amablemente que estaba mal presentada para el trabajo, que ir sin tacones es faltar a la empresa.

Era un día muy importante porque tenía que presentar un proyecto en el que había trabajado durante meses. Estaba muy nerviosa porque mi jefe siempre es muy estricto, demanda mucho de mí; que me quede más tiempo del estipulado, que haga labores de secretaría, (teniendo en cuenta que soy jefe de un departamento), incluso me ha hecho ir hasta su casa a llevarle algún documento que se le pueda haber olvidado. Era hora de la reunión, mi jefe llegó 15 minutos tarde y ni siquiera me avisó, mucho menos se disculpó cuando llegó. Me dijo que me quedaban 10 minutos para presentarle mi proyecto, como siempre muy justo todo; en fin, empecé a hacerlo y me interrumpió para decirme que ese proyecto no va a funcionar, que deje de trabajar en eso y que me concentre en otras labores. Recogió sus papeles y se marchó.

Devastada, me fui a comer a un restaurante cercano, sola. La mesera me dijo: “Ay, pobrecita, otra vez comiendo solita. ¿Quiere que le traiga una ensaladita? la veo repuestica”, La mire con ojos de hipocresía y le dije: No gracias, tráigame una hamburguesa doble. Me la comí a gusto sin mirar a nadie, mientras los demás comensales me observaban con ojos de lástima.

Volví en la tarde a la oficina, mi jefe me pidió un café, al regresar me encontré con mi compañero que es jefe de otro departamento, y me comentó que iba a pedir un aumento, que con los siete millones de pesos ya no le alcanza. Me sorprendí mucho al saber su salario, pues yo gano solo 4 millones de pesos por la misma labor.

Sin más, se terminó el día y me fui a mi casa. Mi pareja me recogió y me dijo, tienes mala cara (muy romántico todo), y me empezó a contar su día lleno de éxitos y experiencias positivas.

Ahí fue que te llame a ti, para desahogarme un poco, y ¿ves? Llevo media hora contigo y él ya me ha llamado 4 veces. ¡Cada vez me siento más agobiada!

Es la historia de mi  mejor amiga, de un día normal en su vida. Me llena de tristeza y desesperación saber que ella no se da cuenta de las conductas machistas que existen en su entorno, seguramente porque está tan acostumbrada a que este tipo de cosas pasen. Lo más grave de esta situación es que no solo es ella, sino muchas personas que están acostumbradas a vivir este tipo de micro agresiones.

Es hora de despertar, aunque estos comportamientos no sean de una gravedad suficiente para aparecer en las primeras páginas de los periódicos son comportamientos que hieren nuestra autoestima y que nos hacen sentir disminuidas. No es suficiente con indignarnos, ni con hablar entre nosotras al respecto, debemos tomar acción y no permitir que la sociedad se siga consumiendo en el machismo, debemos tomar ejemplo de la revolución de las mujeres en otros países, alzar nuestros ojos y decir, aquí estamos, y mucho valemos. Demostremos que nosotras tenemos el poder en nuestras manos.

 

Por Nerea Rodriguez.



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